"La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras."
Rousseau
La
niñez es un estado del ser humano a la que no se puede huir, cada adulto fue,
sin duda, un niño. Durante la infancia se nos capacita para nuestra vida
adulta, esta “capacitación” estará diferenciada por el contexto de su
desarrollo.
Los
infantes van potenciando sus habilidades
físicas y cognitivas durante la convivencia con los adultos y sus pares.
Tienen una forma de pensamiento valida, diferente a la de los mayores, pero
totalmente aceptable y cambiante en desiguales momentos de la vida.
Cuando
un niño está recién nacido depende del cuidado y la satisfacción de sus necesidades
biológicas, estas necesidades se van incrementando y durante sus primeros años
surgen otras, como la de comunicarse con quienes le rodean, no solamente para sobrevivir;
también, para manifestar sus inquietudes, sentimientos e intereses. Al mismo
tiempo nos permite conocer la forma en que entienden, explican y conceptualizan su mundo.
La
familia constituye el medio natural donde el niño comienza su vida e inicia su
aprendizaje básico a través de una serie de estímulos y de vivencias que le
condicionan profundamente a lo largo de su vida, la estabilidad y equilibrio en
su relación paterna y el resto de los miembros familiares definirán el clima
afectivo en el que el niño va transcurrir la primera etapa de su existencia;
este clima determina la socialización infantil. Barrigüete (1995)
Los
adultos comúnmente se esmeran en la repetición de palabras con los pequeños
cuando están aprendiendo a hablar. “di mamá… ma-má.” Festejan y conmemoran
cuando lo logran, lo comparten con la familia y las amistades.
La
guía que pretenden dar los mayores no es
siempre intencionada; el día a día es el ambiente de aprendizaje por excelencia.
Finalizado o todavía en proceso dicha apropiación del lenguaje convencional empieza
a limitarse por los cuidadores de los niños “-mamá, mamá, mamá, MAMÁ –Cállate,
espérame, estoy ocupada.”
Suele
ser prioridad para los padres que los niños empiecen a hablar, pues como se
mencionaba, la comunicación admite un contacto reflexionado dentro de un grupo,
la familia en este caso, el análisis de conductas, permite expresar cómo, por
qué, cuándo y con qué consecuencias se
actúa, a través de la comunicación se pueden incitar determinados estímulos
para modificar o crear nuevas formas de conducta, así como fomentar relaciones
humanas, socializar e incrementar ideas para realizar diversas actividades.
Gonzalez (2010) Dichas acciones son posibles y pertinentes, sin embargo se
quedan en la parte mínima de subsistencia.
Es
decir, los adultos buscan que los infantes les informen cuando tienen hambre,
sueño, dolor, etc., en cambio de llorar como en los primeros meses de vida; sin
embargo, no debe ser tan amplio el vocabulario de un niño para que empiece a
decir y exigir: quiero, me gusta, espero, deseo, necesito… y peor aun solicitarlo,
llorando.
Durante
la crianza de los hijos cada padre va forjando un marco particular sobre sus retoños,
generando el “marco de familia” Al enseñar a hablar a los párvulos y no aprender
a escucharlos, vamos cultivando en los niños cualquier tipo de barbaridad, como reproches, manipulación, mentiras, seducción,
culpa, miedo, chantaje, amenazas, descuido, golpes, tortura, reclusión, en fin,
transformar a los pequeños libres por nacimiento, en creaturas obedientes. Dayal
(2012)
Los
adultos no solo no nos comunicamos con los niños, sino que evitamos que ellos
se comuniquen con su realidad, suena increíble, pero es cierto. Cuando era niña
mis primos y yo solamos “molestar” a mi mamá y mis tías preguntándoles lo que
era un suéter; sin importar la respuesta negábamos rotundamente, un suéter, es
una prenda de vestir que se ponen los hijos cuando las mamás tienen frio.
Es
real, los adultos negamos los sentimientos de los niños, no los dejamos creer
en sus percepciones, los obligamos a comer aun cuando dicen no tener hambre,
porque preconocemos que esa comida no le gusta, evidenciamos que las cosas les tienen
que agradar porque a nosotros nos han
parecido apropiadas para su edad, los niños llegan a la primaria pidiendo
permiso para quitarse el suéter aun cuando el aula tiene una temperatura
elevada y todos están sudando.
Dichos
comportamientos son preocupantes tomando en cuenta que el primer método para
conocer la realidad y diferenciarla de lo irreal utilizamos la percepción, recurriendo
a nuestros sentidos, principalmente a través de la vista y el tacto, pues se
conciben como los medios más seguros para determinar si algo es real o está
sucediendo. Tanto corporal como espiritualmente, en los otros y en sí mismo. Hessen
(1980)
¿Cómo
van los niños a comunicar lo que sienten si no los dejamos confiar en sus
percepciones? Se les pide que crean más en las percepciones de otros que en las
propias, tenemos primeramente que aceptar y valorar los sentimientos de los
niños, para luego tomar en cuenta que su comportamiento está íntimamente relacionado
con cómo se sienten, si un niño se siente bien, se va comportar bien. Una de
las problemáticas más fuertes de intentar sentir por los niños y negar
constantemente su sentir es que termina confundiendo y encolerizando a los
niños, no saben cuáles son sus sentimientos y no confían en ellos. Faber y Mazlish (2007)
Otra
problemática de no dejar surgir la voz de los niños está inmersa en el
adelantarnos a lo que quieren, lo que no tuve, lo que no vi, lo que yo… los
niños no solo deben tener la oportunidad de expresarse, requieren también la
necesidad.
Adelantarnos
a los deseos y no permitir a los niños generar las preguntas que resulten en
respuestas que seguramente promoverán su felicidad. Dejemos de llenar los
vacios con objetos, con cosas y con consumo, la afectividad no se puede
comprar. Recordemos que un niño inquieto es un niño normal Tonucci (2007)
Un
niño saciado no tiene porque movilizar su comunicación, ni las demás diversas competencias que le permitirán
desarrollarse como un adolecente y adulto óptimamente.
Dejar
a los niños ser, sentir, actuar… dejar a los niños vivir, vivir con calidad, no
sobrevivir a nuestras formas, y modos de ver el mundo quizá nos permita
dejarnos a nosotros, adultos, mismos comunicarnos con nuestra realidad y no con
la de otros